viernes, 16 de julio de 2010

Amanece...

Amanece de nuevo, oscuro negro de noche fría se pierde en la cálida luz de la mentira del día. Siento como se ahoga el silencio entre ruidos que sobrepasan la imaginación. El sol sonríe y la luna pega sus últimos bostezos tardíos en medio de una mañana despejada. Amante de horror de mis lágrimas. Pienso. Y dejo caer mi angustia en mis manos. Bajo la cama, ropa que añorada una vez quitaba en pasión. Su cuerpo yace dormido, en un sueño estacional, sobre mis sábanas blancas manchadas de pasión. Pronto partirá cuando se interrumpa su descanso, casi frío y oscuro como la noche de antaño, casi desleal como las palabras que un día me embriagaron.
Púrpura de su boca emanan las palabras, llanto de mis labios carmesí acabaron mis lamentos. Un día tras otro en pos, y por cada día un regalo perdido en el adiós.
Quizás cansado esperando un final, quizás esperando impaciente cuando se iba a cansar, y ahora, ahora que llega, siento lástima por haberle dejado en mi vida entrar.
De su boca, sus palabras; de sus ojos, la mirada; de su piel, la espalda; de su pelo…
Por cada minuto que a su lado pasé, una sonrisa a veces contagio del nerviosismo, o del insistente sentimiento de agradarle, se produjeron sonando o dibujando mi rostro. Por cada trayecto conversaciones que no se dieron, preguntas que no se hicieron y comprendí… que no sentía lo que debería por mí. Me dí cuenta de su gran ausencia en la presencia de nuestros paseos, de su lejano interés perdido entre montañas en oriente, o de su irónico y afilado sarcasmo que acuchillaba mi sentido común.
Empalagaos mi buen venidero, que el tiempo juzga a los desleales y acribilla a quienes injustos pecaron por soberbia en mi vida, aquellos personajes malavenidos que se osaron a intentar destruir mi persona, a cual castillo forjado de piedra, impenetrable y firme quisieron destruir.

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